Unas anécdotas del “Tío Samarita” con sabor a novedad

(En el 150 aniversario de su nacimiento)

Andaba fisgoneando en la hemeroteca local -rodeado de las páginas viejas y amarillentas de la prensa-, con el fin de localizar datos sobre el tenor alcoyano Adolfo Sirvent Linares, cuando de pronto, ante mí, apareció una larga reseña titulada “Samarita”. El escrito estaba firmado por José Boronat Llácer, un veterano fester alcoyano, que escribía entusiasmado unas anécdotas entrañables sobre este personaje. 

Casi una plana completa dedicada a este recordado cordonero en “La Gaceta de Levante”, del 22 de abril de 1930, edición impresa con motivo de las fiestas sanjorginas. ¡Menudo encuentro! Este ejemplar se encuentra en una carpeta de sueltos periodísticos que han sido donados por varios investigadores y particulares de la ciudad, números que han pasado a enriquecer algunas de las lagunas informativas existentes en el archivo.

Pensando de inmediato en la Asociación Cultural Samarita, fotografié el artículo y posteriormente, leí el mismo con atención, para cotejar la noticia con el material existente sobre Antonio Munera Navarro, Samarita (en las anotaciones de los Padrones Municipales, el primer apellido de la familia paterna viene acentuado y figura como Múnera; ahí quede la apreciación); y vi, para mayor sorpresa, que no estaba recogido en ninguna de las publicaciones anteriores, convirtiéndose en unas anécdotas con sabor a novedad. 

El afán por aportar alguna nueva luz a la figura de Samarita ciento cincuenta años después de su nacimiento, me hizo bucear, una vez más, en el Libro de Alistamientos,(1) donde tropecé con la piedra adecuada. En el registro 222 (índice) de la página 7913, leemos sobre la presencia de Antonio Monuera Navarro, hijo de Pedro y María. Por aquellos años residía en la calle de La Corbella n.º 24 de Alcoy. Los apellidos poco frecuentes siempre han tenido diversidad de anotaciones, y en este caso, no podía ser diferente: Monera, Múnera, Munera, Monuera… 

Para conocer la vida de Samarita os remitimos a descubrir sus andanzas a través de los artículos publicados por José Luis Mansanet Ribes en la Revista editada por la Filà Cordón en 1992, con motivo de su año de Capitán (1992), bajo el título de “Samarita (1870-1938), un cordonero del primer tercio del siglo”, y en el estupendo trabajo firmado por Joan Valls Jordà, nuestro poeta, en la Revista de Fiestas de Moros y Cristiano de 1963, donde hace revivir el pasado festero de este personaje tan nuestro. Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que la popularidad de Samarita era enorme, y estaba considerado un fester de prestigio, con la admiración de los alcoyanos en aquellas primera décadas del pasado siglo; de ahí el interés de los directores de la Gaceta de Levante en publicar este extenso trabajo de José Boronat Llácer, testigo presencial de todo lo acontecido: 

“La figura de este diminuto personaje es, sin duda, en la actualidad, uno de los más principales factores de nuestras típicas fiestas de Moros y Cristianos.

Todos los años, y en el día de la primera Diana, se acredita más esta afirmación, viendo cómo se congrega en nuestra plaza una nutrida muchedumbre ansiosa de verle entrar capitaneando la escuadra de su comparsa de Cordón.

Durante este desfile, entusiasmados por su gracia, las gentes corren tras de él, expresándole con aplausos su admiración. Muchos amateurs de la fotografía le van saliendo al encuentro aquí y allá, enfocándole sus objetivos para que el castizo donaire que le da a su persona sus afiligranados movimientos no pueda olvidarse nunca, quedando perennes en el retrato. El elemento joven, quizás por ser el más propicio a la algazara, demuestra con mayor expresión su alegría, y cuando éste llega frente al Ayuntamiento, poniendo fin a su misión de clásico fester, entonces, siéntense todos poseídos por ese afán de querer ser los primeros en abrazarle. Unos le estrechan la mano felicitándole efusivamente. Otros le ofrecen sendos cigarros puros, que seguramente ellos mismos priváronse adrede de saborearlos en un día de gran solemnidad, pensando en que guardarlos para este día expresamente y para dárselos a Samarita tenía que ser más meritorio.

Todo esto que promueve Samarita, levantado el entusiasmo general con su gracia peculiar, es verdaderamente admirable y digno de nuestro mayor respeto. La influencia tan grande que ejerce en el ánimo de todos con su humorismo, despertando el amor a nuestras tradiciones es, a mi entender, una manera de hacer patria, si se quiere muy abstracta; pero quien como él sabe elevar de esa forma el carácter alcoyano hasta el extremo de hacerse admirar, excitando deseos de imitación, y contribuye eficazmente a la formación del fester para el día de mañana, es un gran patricio y acreedor a todas nuestras mayores demostraciones de cariño, porque viéndolo a él recordamos a nuestros antepasados sintiendo bullir dentro de nuestro pecho con encanto los mil preciados recuerdos que de ellos conservamos. 

Nuestras fiestas no son ya lo que fueron antaño. Han evolucionado, esto es cierto, pues las exigencias del progreso así lo determinaron. Y precisamente por esto mismo cuando, como ahora, todavía se puede contemplar dentro de su desenvolvimiento a una figura como la de Samarita es, pues, cuando mayor realce se le debe dar, porque resulta algo extraordinario, demostrándonos que aún existen destellos de aquel alcoyanismo que ya pasó. 

Para que debidamente se le pueda rendir el tributo de admiración que merece este gran fester Samarita, recordaré un hecho que hace ya bastantes años acaeció en su vida, y que tal vez él mismo lo haya olvidado ya. Cuando yo también por fiestas vestía el traje de moro, en aquellos bellísimos años que se tienen grandes ilusiones y por los que seguramente habrán pasado casi todos los alcoyanos, pues … ¿quién no se ha vestido alguna vez de moro o de cristiano estando en Alcoy? Era en la noche de la Retreta, iba yo corriendo de aquí para allá en busca de caras bonitas, cuando a la luminaria de mi farolillo pude distinguir la de una persona que no me era desconocida, la trágica expresión que observé en su rostro me excitó a que me abriera paso entra la compacta muchedumbre que a un lado y otro de la recta calle de San Nicolás se apiñaba, y pronto me vi ante Samarita, pues éste y no otro era quien estaba detrás de las largas hileras de gente, presenciando con pena el bullanguero desfile de la Retreta que él tantas veces animó con sus  gracias. Muchos de los espectadores que allí se encontraban se dirían seguramente: ¿no ha salido este año Samarita? ¿Se habrá muerto? Y Samarita, a dos pasos de ellos, quizá permanecía dolorido soportando en silencio las exigencias de unas circunstancias. Recuerdo que llevaba un raído capote, y cubierto por una gorra oficial de sereno permanecía inmóvil, sosteniendo en una mano un gran manojo de llaves, en la otra un farol, pero este farol no era igual al mío… a mí me servía para escudriñar rostros risueños y agradables, a él para descubrir con su pálida luz en la penumbra de la noche las malas intenciones de algún malhechor. Confieso que me sentí con ganas de ofrecerle mi traje, merecía ostentarlo él mejor que yo. ¿Por qué no iría vestido de moro…? Esta consideración me entristeció y no pude o no supe decirle nada, le abracé, sé que le saltaron unas lágrimas y que yo me aparté de allí como huyendo, pues no comprendía lo extraño de cuanto me pasaba.

En la soledad de la noche, ya en mi dormitorio, no pude concebir el sueño, me impresionó muchísimo todo cuanto había visto. Más tarde supe que fueron reveses de fortuna lo que obligó a que Samarita dejara de salir ese año a las fiestas, y que sus compañeros de comparsa hicieron cuanto pudieron a fin de que éste no dejara de salir; él rehuyó a todo, quiso para sí tan solamente toda la pena que habría de causarle. 

Años después, cuando me encontraba presenciando el solemne acto de la Entrada de Moros, recibí una inexplicable satisfacción, viendo a Samarita desfilar majestuosamente, montado sobre un brioso caballo, con su esclavo al lado portador de la regia sombrilla que le cubría, ostentando la más alta dignidad de las fiestas, de Capitán nada menos que del bando moro. Sonriente y satisfecho agradecía con ceremonioso ademán aquí y allá tantas felicitaciones como iba recibiendo. Cuando llegó ante mí, significativamente yo le hice un saludo, que, si desde luego recordaba él todavía aquella noche de la Retreta, debió comprender todo lo que con él quise decirle.

Hoy, a pesar de todo, y aún por encima de los años, que ya deben pesarle, a juzgar por las canas que cubren su cabeza, sigue siendo el gran fester de siempre, el humorismo tan suyo que conserva y que seguramente conservará hasta su fin, su gran alma de verdadero alcoyano, son también lo mismo, nada ha cambiado, admirémosle y aplaudámosle, que bien merecido lo tiene” 

Interesante, o, cuando menos, curioso, ¿verdad? Se habla de un hombre “diminuto”, singular descripción para un hombre que medía “un metro quinientos cincuenta y tres milímetros”,(1) según podemos leer en el Libro de Alistamientos que se conserva en el Archivo Municipal, y “… que se declaró soldado sorteable por manifestar que nada tenía que alegar”. (1) Valiente, el muchacho de diecinueve años. Destaca el trabajo que es un cabo de “afiligranados movimientos”, que captaba con sus evoluciones la atención de los fotógrafos, una figura mediática de aquel Alcoy del primer tercio del siglo XX. Samarita era un tipo muy querido por todos, especialmente por los jóvenes alcoyanos, quienes regalaban sus puros como muestras de afecto, “excitando los ánimos a la imitación”. Todo un personaje del pasado. 

Curiosamente, no encontramos su nombre en los Padrones Municipales anteriores a 1914-19, aunque, en este, se hace constar que trabajaba como tejedor de oficio, y que estaba casado con María Herrero Carbonell, de su misma edad, por entonces cuarenta y cuatro años. Habían nacido ambos en 1870, estando ubicado su domicilio matrimonial en la Calle Santa Isabel n.º 13 (conocida popularmente como “Carrer de la Sardina”). Actualmente la casa es de moderna construcción, no conservándose vestigios de aquella. Tuvo varios hermanos nuestro reseñado: Santiago,(2) Rosario y Enrique,(3) siendo Antonio el mayor de toda la familia. 

En los trabajos que hemos citado con anterioridad, debidos a las cualificadas manos de José Luis Mansanet Ribes y de Joan Valls Jordà, podemos conocer mucho sobre la curiosa figura de este miembro activo y querido de la Filà Cordón, que en la actualidad encabeza el nombre de la Asociación Cultural “Samarita” y del que, en el presente año, se cumplen ciento cincuenta de su nacimiento, en 1870.  A este “festerot cordonero” debemos añadirle otra anécdota encontrada en la revista extraordinaria de las fiestas de Moros y Cristianos publicada en abril de 1936, bajo el título de “Pregón”, allí y gracias al portal Bivia podemos leer:

“Antonio Munera, el popularísimo ‘Samarita’ cuenta que hace muchísimos años, más de veinte, llevaba detrás un grupo de gente que se refocilaba (4) con sus chistes. Llegaron hasta la casa del ‘cordonero’ y éste hizo aguardar a los curiosos aunque eran las dos de la madrugada. Subió el hombre, enhebró unas cuantas cerillas, asomóse al balcón y encendiendo aquellas a la vez, preguntó con su característica sorna: ¿Tienen bastante luz para marcharse?”.

“Eren els temps dels festers populars de catxasa”, aquellos recordados Toni el Rey, Pepe Simeón, Santiago Pastor y tantos otros… o aquél decano de los desfiles, el Sr. Miguel Reig (5), que con 86 años seguía vistiendo el traje de la “filà” que fundara Antonio Cordón.

Tan solo y a modo de cierre, cabe recordar que fallecería un 23 de febrero de 1938, como consecuencia de una miocarditis, recibiendo cristiana sepultura al día siguiente; contaba con setenta años. La zanja número tres, letra A-18 fue el lugar donde reposaría hasta su definitivo traslado al osario general, después de que nadie reclamara sus restos tras la extinción de la familia. Una necrológica, parca y escueta, queda refleja cuatro días después en las páginas del rotativo “Humanidad”, por entonces, los vientos de la trágica guerra azotaban la vida cotidiana; el horno no estaba para bollos. 


Juan Javier Gisbert Cortés  


Citas:

1.-Libro de Alistamientos-Quintas Alcoy: 1888-1889. Pp: 7913 y 7969. Número registro 222. Archivo Municipal de Alcoy
2.-Padrón Municipal de Alcoy, 1905-1908
3.-Padrón Municipal de Alcoy, 1900-1904
4.-Divertir o alegrar con groserías
5.-Pregón. Número extraordinario festividad de Moros y Cristianos. Alcoy, 1936 (Bivia)

 


    

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Samarita (1870-1938) Un cordonero del primer terç de segle

Entre los papeles de la biblioteca festera de mi entrañable amigo Salvador Doménech Lloréns, con quien la Fiesta alcoyana está en deuda, su viuda Concepción Quero me facilita un folio con apuntes y datos sobre Antonio Muñera Navarro, Samarita, que lleva fecha 13 de Octubre de 1.963, con una nota "Datos facilitados por Dña. Emilia Payá Rodes, Vda. de D.Rafael Sanz, calle San José n.-24-3º, cuya nodriza fue la esposa de Samarita"

Un fester - Antonio Munera "Samarita"

A la galería etopeica de festeros que sobresalieran en humor, entusiasmo y caracteristicas própias, al grupo de aquellos tipos desaparecidos que ya pertenecián a la prehistoria y evocación a los cuales es siempre motivo de recuerdo llenos de gracia y tipismo, no puee faltar el inolbidable Antonio Munera "Samarita", individuo de la antigua Comparsa Cordón, quien al correr de los años pone una nota de singularidad a la fiesta grande de Alcoy, tan abundante en tipicos aspectos, sabroso anecdotario y de perfiles pintorescos, es decir todo lo que da aunténtica pimienta festera a la vida intima de los pueblos.

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Antonio Munera Navarro "Samarita"

También Antonio Munera ha pasado a la historia festera alcoyana por su popularidad, campechanía, buen humor y carácter ocurrente. Como en el "Tenorio" zorrillesco el "Tío Samanta" -su nombre de rompe y rasga-, bajó a criptas y conventos y escaló torres y castillos. Ocupó todos cuantos cargos se pueden desempeñar en una sociedad festera, en una comparsa. Fue sargento, conserje de la Filá; imprescindible y pinturero cabo de diana; alférez moro y émulo de Al-Azraq, capitán del Islam en 1.919.