RÍO, MOLINOS Y MALECONES. REFUGIO DE CERVANTES

“Lo que despierto soñé, os cuento”


Ayer, mientras recorría las estancias delrefugio, pude imaginar a los alcoyanos durante uno de los bombardeos aéreosque sufrió Alcoy entre el 20 de septiembrede 1938 y el 11 de febrero de 1939:

“Nuestra ciudad ha recibido ya siete ataques por parte de la aviación italiana. Los Savoia SM-79 han descargado sobre nuestros hogares decenas de toneladasde explosivos y ya se cuentan más de cuarenta muertos y numerosos daños en edificios e industria, pero a pesar de ello lostrabajadores acuden diariamente a los talleres y fábricas del cauce del río para se-guir con la producción de material bélicoy tejidos para el ejército. Los ataques vancausando mella en la moral de los alcoyanos y acuden con prisa hacia alguno delos 25 refugios repartidos por toda la ciudad. La sirena no cesa en su grito agudosiendo anuncio de destrucción y de ruina.Numerosa gente se apila en la entrada altúnel de acceso. Es inevitable que se produzcan atascos y atropellos pues resultaser embudo de paso hacia la vida desdeuna probable muerte. De nada sirven losletreros que reclaman orden. Un niño llorabuscando a su madre que se ha retrasadomientras su manita ahoga un desesperadollanto. Un anciano cae al suelo empujadopor dos jóvenes que van más rápido. Unamujer abraza a su hijo contra su pechomientras corre también empujando. Llegaun guardia intentando poner orden pero elpánico no entiende de autoridad y nadiele hace caso. Ya en el interior del refugiolas familias se funden en eternos abrazos. 

Dos novios se besan y se dan solemnes promesas de amor ante un futuro borroso e incierto.La profesora, una y otra vez, va contando a losniños en la oscuridad, pues teme que le faltealguno. En el fondo permanecen, casi ocultascomo sombras, las familias que no abandonannunca el refugio. Los respiraderos parecen in-suficientes para tanta gente pues un hedor casiasfixiante recorre los túneles; es por la genteque no los abandonan ni para hacer sus necesidades. Mientras, un hombre se desmaya y caeal suelo, siempre hay alguien que se apiada y leatiende. Ya se oyen los motores de los ángelesde la muerte que pasan de largo mientras dejancaer sus trágicos presentes. Cada explosión quese oye, cada bomba que se siente, deja huella en

sus mentes. ¿Habrá un mañana? ¿Veré de nuevoa mis padres? ¿Dónde está mi mujer?, no estáconmigo. ¿Y si no ganamos la guerra? ¿Quéserá de mis hijos? Ya parece que cesa, pero nadie se mueve. Una mujer pega un grito, es porel hombre caído, ya no respira, parece que semuere. Con un discreto murmullo, muy poco apoco van saliendo y tristes quedan al descubrirlas grandes columnas de humo que por la ciudad se extienden.”

Si hay algo cierto que defina a los hombres, es que de sus errores no aprenden.

Antonio Llopis